Hay un momento del día del que casi nadie habla y que curre justo después de cerrar la puerta de casa.
Dejas las llaves donde siempre, dejas la mochila o la cartera en el sofa o en el escritorio casi por costumbre y durante unos segundos, no pasa absolutamente nada.
Nadie pregunta cómo estuvo tu día, nadie dice “ya llegaste”, nadie está esperando la respuesta.
Es un silencio extraño, no se parece al de una biblioteca ni al de un café, es un silencio que, de alguna manera, te mira de vuelta.
Durante mucho tiempo pensé que sabía estar sola.
Me gustaba sentarme a tomar un té conmigo y disfrutarlo mientras miraba mi alrededor, ir al cine sin compañía o volver a casa sin prisa mientras escucho una playlist o mi podcast favorito y la verdad es que nunca necesité esperar a que alguien tuviera tiempo para hacer planes conmigo.
Pero un día descubrí que eso no era exactamente la soledad, era tiempo elegido.
Siempre había alguien esperándome al final del día, alguien a quien contarle como estuvo mi día en la oficina, decidir qué pedir para cenar o simplemente compartir el silencio…hasta que dejo de haberlo.
La verdadera soledad tiene horarios distintos, empieza cuando nadie espera que llegues, cuando una bolsa de fridosas puede convertirse en cena sin que nadie haga un comentario o cuando pasan horas enteras y te das cuenta de que no has dicho una sola palabra en voz alta.
Lo curioso es que, apenas aparece ese silencio, hacemos cualquier cosa para llenarlo: ponemos música para lavar los platos, prendemos la televisión mientras ordenamos la ropa, abrimos Instagram para ver si alguien nos comentó algo y respondemos un correo que podría esperar hasta mañana.
Hace poco me sorprendí caminando de una habitación a otra con el celular en la mano, sin estar buscando nada en particular, solo iba cambiando de aplicación como quien mira por distintas ventanas esperando encontrar movimiento en alguna.
Me hizo gracia, pero también sentí un poco de vergüenza. porque entendí que no estaba aburrida…estaba evitando encontrarme conmigo.
Hay cosas que solo existen porque hay otra persona, como contar un chiste apenas llegas, preguntar qué quiere cenar, mostrar una foto que acabas de tomar, decir “no sabes lo que me pasó hoy”.
Y aunque son grandes momentos, de hecho, casi nunca les prestamos atención hasta que desaparecen y entonces ocurre algo raro…ya no extrañas únicamente a una persona, también extrañas a la versión de ti que existía cuando esa conversación todavía formaba parte de la rutina.
Creo que eso fue lo que más me sorprendió de vivir sola: no descubrir que podía hacerme cargo de la casa o decidir qué comer cada noche…eso se aprende bastante rápido. Lo difícil fue darme cuenta de cuántas partes de mí aparecían solamente cuando alguien más estaba ahí para escucharlas.
Desde entonces, algunas noches entro a casa y no enciendo nada, pero no porque disfrute especialmente el silencio, sino porque empiezo a sospechar que ahí también hay una conversación.
Una mucho más incómoda y quizá también más honesta.
No sé si algún día llegaré a sentirme completamente cómoda con ella, pero últimamente me pregunto si crecer no tendrá menos que ver con aprender a estar sola y más con descubrir quién eres cuando ya no queda nadie que te recuerde, todos los días, quién habías sido hasta entonces.


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