Hubo un momento en el que cerrar parecía más fácil que seguir, no porque faltaran ganas, sino porque sostener algo que ya no te representa pesa y no se trata solo del cansancio físico, sino esa incomodidad silenciosa que aparece cuando te das cuenta de que lo que estás construyendo ya no habla por ti.
Y asi le paso a Renata Noda, la mente y las manos detrás de Macarena, quien estudió comunicación corporativa, pero su historia con la repostería empezó mucho antes, creciendo en un entorno donde crear en la cocina era parte de lo cotidiano. Entre la música, los estudios y sus primeros intentos de emprender, fue entendiendo (sobre la marcha) cómo convertir lo que sabía hacer en algo propio.
Con el tiempo, ese primer emprendimiento empezó a crecer: vendía, tenía movimiento, encontraba espacios, pero había algo que no terminaba de encajar… la marca no lograba representarla y para alguien que entiende el peso de la comunicación, eso no es un detalle menor.
Durante cuatro años sostuvo algo que hacia afuera parecía ir bien, hasta que decidió detenerse.
No fue una pausa cómoda ni ligera, fue cerrar para poder pensar, cuestionarse y volver a construir desde otro lugar, así se dio el tiempo de replantear todo: el nombre, la identidad, lo que quería decir y cómo quería hacerlo.
Así nació Macarena: no como un simple cambio de imagen, sino como una forma más honesta de mostrarse.
Por eso tiene nombre de persona, porque no busca imponerse como marca, sino acercarse, generar conversación, sentirse cercana. Macarena no habla desde la perfección, habla desde lo cotidiano, por eso se siente más como alguien que recomienda algo que le gusta que como alguien que intenta venderte algo.
En paralelo, el producto también fue cambiando. Lo que empezó como galletas decoradas (más ligadas a fechas específicas) fue tomando otra forma.
Renata empezó a buscar algo más práctico, más constante, algo que pudiera sostenerse en el día a día. Así aparecieron nuevas recetas, pruebas, errores y ajustes hasta llegar a una propuesta que hoy combina sabores clásicos con versiones de postres convertidos en galletas.
Actualmente, Macarena tiene más de veinte sabores y una dinámica que se renueva constantemente, pero lo que realmente ha crecido es la relación con su comunidad. No es solo gente que compra, es gente que responde, que pregunta, que se queda.
Y en ese proceso, también apareció algo que no estaba planeado del todo: empezar a compartir lo que implica emprender desde lo real. No solo lo bonito, sino también lo difícil, lo frustrante, lo que agota. Renata comenzó a contar lo que a ella le hubiera gustado saber antes, entendiendo que muchas veces lo más valioso no es tener todas las respuestas, sino saber que alguien más ya pasó por ahí.
Porque si algo ha aprendido Renata en el camino, es que emprender no es lineal, que hay momentos de duda, de cansancio, de querer dejarlo todo. Pero también hay pequeñas evidencias que te recuerdan por qué empezaste.
A veces es ver una caja que antes no existía, o reconocer todo lo que antes parecía imposible y hoy ya es parte de lo cotidiano.
Si quieres conocer más de su universo (y de todo lo que hay detrás de cada paso) puedes encontrar su trabajo y su comunidad en sus redes, donde la conversación va mucho más allá del producto
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